DIE DIENERIN in «Alkestis»

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    Acto II 

    La servidora con el coro. 

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    LA SERVIDORA: ¿Cómo no ha de ser la mejor? ¿Quién lo negará? ¿Qué mujer podría sobreponerse á ella? ¿Cuál podría hacer algo mejor por su marido que morir por él? La ciudad entera lo sabe; pero te llenarás de admiración al conocer lo que ha hecho en la morada. Cuando sintió que el día sagrado se aproximaba, lavó su cuerpo con agua fluvial, y sacando de los cofres de cedro un traje y adornos, se atavió ricamente; y de pie delante del hogar, oró así: «¡Señora! Voy á ir debajo de la tierra, y al venerarte por última vez, te pido que protejas á mis hijos huérfanos. Da al uno una mujer querida, y á la otra un marido do buena raza. ¡Que mis hijos no mueran antes de tiempo, como yo, su madre, sino que con prosperidad lleven hasta el fin una vida feliz en la tierra de la patria!» Y acercándose á todos los altares que hay en las moradas de Admeto, los coronó; y arrancando el follaje de los ramos de mirto, oró sin lamentaciones y sin gemidos; y la próxima desgracia no cambiaba en nada su aspecto dulce y hermoso. Después, entrando en la cámara nupcial, y cayendo sobre el lecho, derramó lágrimas, y dijo: «¡Salve, oh lecho donde el hombre por quien voy á morir desató mi virginidad! Porque no te odio, pues no has perdido mas que á mí; y muero por no traicionaros ni á ti ni á mi marido. Te poseerá otra mujer no más casta, pero quizá más dichosa.» Y arrojándose al lecho, lo besó y lo inundó con lágrimas de sus ojos. Pero, saciada ya de lágrimas y bajando el rostro, se separó del lecho, salió de la cámara nupcial, volvió á entrar varias veces, y abalanzóse al lecho una vez más. Y lloraban los hijos cogidos á los vestidos de su madre; y tomándolos en sus brazos, besaba ella tan pronto al uno como al otro, cual si fuera á morir. Y todos los servidores lloraban en las moradas, condoliéndose de su ama. Y á cada cual le tendía ella la diestra, y ninguno era lo suficiente humilde para que ella no le hablara y le dirigiese la palabra. Estos son los males de la morada de Admeto. Si debiera él perecer, habría muerto; pero, habiendo escapado de la muerte, ahora sufre un dolor tan grande, que no lo olvidará nunca.

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