AGAMEMNON in «Die Orestie: Agamemnon»

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    Acto II  

    Agamenón y Clitemnestra. 

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    AGAMENÓN: Justo es que ante todo te salude, ciudad de Argos; y a vosotros, dioses de mi patria, que me habéis ayudado en mi vuelta, y en la justicia que he hecho en la ciudad de Príamo. No atendieron los dioses a discursos para juzgarla causa. Sin que uno siquiera discrepase, echaron en la urna de la sangre voto de destrucción y muerte contra Ilion. Tan sólo la esperanza acercó su mano a la urna del perdón; ninguna otra la culpó con su voto. Todavía el humo hace ver de todas partes el lugar donde se alzó la ciudad tomada. Todavía ruge allí y se enseñorea el huracán desencadenado de la desolación, y al morir las humectantes cenizas lanzan de sí con sus postreros alientos los tesoros del pueblo vencido. Demos gracias a los dioses por tales beneficios, recordándolos con eterna memoria. Feliz suceso tuvo el lazo de perdición que tendimos a nuestros enemigos; por una mujer, Ilion ha quedado reducida a cenizas. El monstruo argivo salió del vientre de un caballo, armado de su fuerte escudo, y de un salto poderoso lanzase sobre la ciudad a la hora que las Pléyades caminan a su ocaso. El hambriento león salva de una arremetida sus torres y bebe la sangre real, y regálase con ella hasta saciarse, Ahí tenéis mi primer pensamiento y mis primeras palabras que yo debía a los dioses. Y por lo que hace a lo que tú piensas, bien lo oí y lo guardo en la memoria, y digo lo mismo que tú y en ello me tienes completamente de tu lado. Pocos hombres son de condición tal, que celebren la buena fortuna del amigo sin envidiarla. El mortal veneno de la envidia va infiltrándose en el corazón del que padece de este achaque y hácele que se doblen sus dolores. Siente sobre sí el peso de sus propios males, que le ahoga, y angústiase a la vez, contemplando la dicha ajena. Bien puedo hablar así, porque lo sé de propia experiencia; que he visto bien en el espejo de la vida que aquellos que parecían amigos míos tan adictos, no eran sino vana apariencia de una sombra. Tan sólo Ulises, Ulises que se había embarcado contra su gusto, ya que se unió a mí, siempre estuvo dispuesto a llevar conmigo la carga y marchar adelante. Ora que sea muerto, ora que viva aún, así debo declararlo. Lo demás que mira al gobierno de la ciudad y al culto de los dioses, ya lo trataremos en pública asamblea de todos los ciudadanos: allí proveeremos cómo lo bien ordenado se mantenga y perpetúe largo tiempo; más lo que pida remedio, ya lo curaremos nosotros resueltamente con el fuego y el hierro, y probaremos a ahuyentar de aquí toda dañada pestilencia. Pero entremos en nuestro palacio, en nuestro hogar, y ante todo saludaré con mi diestra y rendiré adoración a los dioses que me llevaron a tan lejanas tierras, y después guiaron mi retomo. La victoria me siguió entonces; ¡que por siempre viva a nuestro lado!

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