DER WURSTHÄNDLER in «Die Ritter»

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    Acto II 

    El Choricero con el coro. 

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    CHORICERO: Pues escuchad, que la cosa merece la pena. En cuanto salió de aquí, le seguí pisándole los talones; apenas entró en el Senado, empezó con su voz estentórea a tronar contra los Caballeros, acumulándoles calumnias portentosas, acusándoles de conspiradores y amontonando palabras sobre palabras, que empezaban a ser creídas. El Senado le escuchaba, y tan fácilmente dio crédito a aquellas falsedades, que crecían prodigiosamente como la mala hierba, que ya lanzaba miradas severas y fruncía el entrecejo. Pero yo, cuando comprendí que sus palabras producían efecto y que conseguía engañar a su auditorio exclamé: "Oh, dioses protectores de la lujuria y del fraude, de las chocarrerías y desvergüenzas! Y tú, plaza pública, en donde se educó mí niñez, dadme audacia, lengua expedita e impudente voz." Cuando pensaba en ésto, un invertido soltó un pedo a mí derecha, y yo me prosterné en actitud de adoración; después, empujando la barrera con la espalda, grité abriendo una boca enorme: "Senadores: soy portador de buenas noticias y quiero ser el primero en anunciároslas: desde que estalló la guerra, nunca han estado más baratas las anchoas." Al punto la serenidad brilló en todos los semblantes, y en seguida me ofrecieron una corona por la fausta nueva. Yo en cambio les enseñé en pocas palabras un secretó para comprar muchas anchoas por un óbolo; que era el recoger todos los platos a los fabricantes. Todos aplaudieron y me miraban con la boca abierta. Advirtiendo esto el Paflagonio, que conoce muy bien el modo de engatusar al Senado, dijo: "Ciudadanos: propongo, ya que tan buenas nuevas acaban de anunciamos, que para celebrarlas inmolemos cíen bueyes a Atenea." Y el Senado se puso otra vez de su parte; yo, viéndome entonces humillado y vencido, le cogí la vuelta, proponiendo que se sacrificasen hasta doscientos, y además mil cabras a Artemis, sí al día siguiente se vendían las sardinas a un óbolo el ciento; con esto el Senado se inclinó de nuevo a mí favor, y el Paflagonio, aturdido, empezó a decir necedades; los arqueros y Pritáneos le sacaron fuera y se formaron grupos en que se trataba de las anchoas. El les suplicaba que esperasen un momento: "Escuchad, exclamaba, lo que va a decir el enviado de Lacedemonia; viene a tratar de la paz." Entonces gritaron todos a una: "¿Ahora de la paz? ¡Estúpido! ¿Después de enterarte de lo baratas que tenemos las anchoas? No necesitamos paz, siga la guerra." Y mandaron a los Pritáneos que levantasen la sesión. En seguida saltaron las verjas por todas partes. Yo me escapé y corrí a comprar cuanto cilantro y puerros había en el mercado, y los distribuí luego gratis a todos los que lo necesitaban para sazonar las anchoas. Ellos no hallaban palabras con que elogiarme y me colmaban de caricias, hasta el punto de que por un solo óbolo de cilantro me he hecho dueño del Senado.

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