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Acto II 

Clitemnestra y Agamenón. 

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CLITEMNESTRA: Ciudadanos venerables, honor de Argos, que estáis reunidos aquí: no me sonrojaré de mostrar en vuestra presencia el amor que siento por mi esposo. Con los años también la apocada timidez desaparece. De mí lo aprendí, que no de otras, la angustiosa vida que voy a pintaros; tan larga, cuanto lo fueron los años que pasó éste en Ilion. Ante todo, ¡qué horrenda desdicha para una mujer morar en la casa desierta, sola y separada de su marido! ¡Y luego, de continuo estar oyendo rumores siempre odiosos! Viene uno y trae una mala nueva; viene otro y propala otra aún peor. A haber recibido este hombre tantas heridas como la fama corrió aquí por Argos, bien pudiera decir que estaba más agujereado que una red de mallas. Pues si hubiese sido muerto tantas veces como se dijo en la ciudad, podría jactarse de que era un segundo Gerion con tres cuerpos, que había usado tres túnicas acá en vida; y no quiero hablar de la que se viste debajo de tierra, y que bajo cada una de estas tres formas había muerto una vez. Por causa de estas voces, siempre siniestras, en más de una ocasión vinieron manos extrañas a desatar de mi cuello, a pesar de mi resistencia, el lazo con que hubiese querido quitarme la vida. ¡Ahí tienes también por qué no se halla a mi lado, según era razón, nuestro hijo Orestes, cara prenda de tu fe y de la mía! No te asombre. Tu fiel amigo y aliado Estrophio el Phocense le está educando. Hízome comprender el mal que por entrambas partes me amenazaba; los peligros que tú corrías en Ilion, y el riesgo de un alboroto popular que derribase el Consejo y entronizase la anarquía; que es condición humana pisotear más y más al caído. Esta es la razón; no imagines que en ello hay engaño. En cuanto a mí, aquellos raudales de lágrimas, que brotaban de mis ojos, secáronse ya; no queda ni una gota. ¡Cuánto padecieron mis ojos en aquellas largas noches de desvelo! ¡Cuánto he llorado por tu amor aquellas encendidas señales, para mí siempre frustradas! Y si por ventura dormía, el tenue rumor de las alas de un mosquito, que zumbase a mi oído, hacíame despertar sobresaltada, y entonces veía venir sobre ti males mayores que los que me representaba el sueño. Mas después de haber sufrido todos estos dolores, ahora ya, libre el alma de penas, te puedo decir; esposo mío, que aquí estás, tú eres para mí el perro de este establo; el cable salvador de la nave, firme columna de esta alta techumbre; lo que el hijo único para un padre; tierra que se aparece a los navegantes contra toda esperanza; día hermosísimo a los ojos después de la tormenta; manantial de agua viva para el sediento caminante, ¡Qué dulce es haber escapado ya de todo peligro! Merecedor eres de que te salude con estos requiebros, y no haya en mi presencia quien se atreva a afearlo. ¡Sobradas desdichas hemos padecido antes! Amado mío, apéate ya de ese carro; mas no pongas en el suelo, oh rey, la planta que ha hollado a la devastada Ilion. Esclavas, ¿cómo tardáis en hacer vuestro oficio y cubrir de alfombras la carrera? Al punto tiéndase de rica púrpura el camino que ha de seguir hasta la mansión que ya no esperaba recibirle. Que se le haga el acogimiento que pide la justicia. Lo demás que el destino tiene decretado, queda a mi cuidado vigilante, que lo dispondrá a su hora con el ayuda de los dioses. 

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