DER WÄCHTER in «Die Orestie: Agamemnon»

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Acto I, Escena I 

El Guardián solo.

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Aparece el Guardián puesto en vela en el terrado del palacio. Al comenzar la acción es todavía noche cerrada. 

GUARDIÁN: 
Pido a los dioses que me libren de este penoso trabajo, de esta guardia sin fin que estoy haciendo en lo alto del palacio de los Atridas. todo el año alerta como un perro, contemplando las varias constelaciones de los astros de la noche, brillantes reyes que lucen en el dilatado ether, y marcan a los mortales el invierno y el verano; y cuando se ponen, y cuando hacen su salida. Ahora. como siempre, estoy esperando la señal de la hoguera, el esplendente fuego que nos ha de traer la nueva de la toma de Troya; que así lo manda el duro corazón de una mujer imperiosa y dominante, que la está aguardando. Llega la noche, mas no viene con ella el reposo a mi lecho húmedo de rocío. Jamás le visitan los sueños; en vez del sueño, el terror es quien se sienta a mi cabecera y no me deja cerrar los ojos a un tranquilo descanso. Y si quiero cantar o tararear buscando remedio contra el sueño que me acomete, entonces rompo en lágrimas, lamentando los infortunios de esta casa, que ya no se ve en la prosperidad que la tenía aquel su amo de otros tiempos. ¡Ojalá venga por fin el dichoso instante que me vea libre de esta fatiga! ¡Ojalá aparezca en medio de las sombras el fuego de la buena nueva! ¡Ah!, ¡ah! ¡Salve, oh lucero de la noche, que anuncias la luz de un claro y nuevo día y a la ciudad de Argos le das la señal de regocijados y festivos Coros en celebración de un feliz suceso! Sí, no hay duda; en verdad te lo digo, esposa de Agamenón, que en seguida saltes del lecho y que en todo el palacio se levante jubiloso himno que salude esta luz venturosa. Tomada es Ilion, Esa luminaria encendida lo está anunciando. Yo mismo seré, el que daré comienzo al preludio, y guiaré los Coros de la fiesta; yo, que voy a llevar la dicha a mis Señores; que esta hoguera ha sido para mí una jugada redonda, Así me sea dado ver la vuelta de mi rey a su casa, y estrechar su mano querida entre mis manos. Lo demás, lo callo; un enorme buey pesa sobre mi lengua. A poder hablar, bien claramente Se explicaría este palacio. Por lo que hace a mí, de buen grado hablaría con quien me entendiera; para los que no, como si nada supiese. (Se va.)