DER BOTE in «Die Perser»

    Acto III 

    El Mensajero y Atosa. 


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    MENSAJERO: ¡Oh reina!, algún dios vengador, algún mal genio, venida no sé de dónde, fue a no dudar el primer principio de toda nuestra desgracia. Un Heleno de la armada de Atenas vino diciendo a tu hijo Xerxes como así que cerrasen las negras sombras de la noche, los Helenos no permanecerían en sus puestos, sino que sallando presurosos a los bancos de las naves, cada cual por su lado intentaría salvar la vida con callada y secreta fuga. Él que lo oyó, no recelando engaño en el Heleno, ni malquerencia en los dioses, luego al punto ordena a todos los capitanes de nave; que tan pronto como el sol deje de enviar sus rayos sobre la tierra, y la obscuridad se enseñoree del dilatado templo del éter, que dispongan las más de sus numerosas naves en tres órdenes, para guardar los pasos y derrotas de aquellos mares, y otras formadas en círculo todo alrededor de la isla de Ajax. «Porque si los Helenos, por cualquier camino que se os oculte, escapan de la ruina que los amenaza, todos vosotros pagareis con vuestra cabeza.» Tal dijo con arrebatado y engreído ánimo; ignoraba lo que había de avenirle de parte de los dioses. La armada sin desorden y con obediente disciplina se prepara; sácase el matalotaje y dispónese la cena; los marineros amarran los remos a los escálamos, prontos a la maniobra. Luego que se pulo el sol y vino la noche, remeros y soldados, todos en sus naves, ocupan sus puestos. Hácense las señales de mando; ordénase la armada; toma cada cual la derrota que se le designa, y toda la noche tienen los capitanes a la gente de mar navegando de un punto a otro. La noche se iba pasando, y los Helenos no se daban mucha prisa a hacer su salida secreta por parte ninguna. Mas apenas el luciente día, conducido por sus blancos caballos, entró señoreándose de toda la tierra, cuando de la parle de los Helenos levantóse grande y regocijado clamor a modo de músico canto, a que respondían con estruendosos ecos las enriscadas costas de la isla. Entró el pavor en los bárbaros, engañados en sus juicios; que no cantaban entonces los Helenos aquel sagrado pean como para huir, sino arrojándose a la pelea con animoso aliento. El clarín con su voz enardecía todas aquellas marciales maniobras. De pronto, a una señal del cómitre azotan los remos a una vez con compasado golpe las mugidoras aguas, e incontinenti tenemos a la vista toda la armada helena. El cuerno derecho venía el primero, en buen orden, haciendo la guía; detrás marchaba todo el grueso de las naves, y bien se podían oír ya de cerca estas voces que de ellas salían: «¡Oh! hijos de la Helada, andad, libertad a la patria; libertad a vuestros hijos, a vuestras esposas, y los templos de los dioses de vuestros padres, y las tumbas de vuestros mayores. Por todo ello vais ahora a empeñar la lucha.» Por nuestra parte respondióles la algazara de nuestro grito persa; no había ya lugar de esperar más. Pronto una nave clava su broncíneo espolón en una nave nuestra; era una nave helena «que había comenzado el abordaje, y que hizo pedazos todo el aparejo de un bajel fenicio. Lánzase la una escuadra contra la otra. A lo primero, el torrente de naves de Persia resiste la arremetida, mas así que aquella multitud de barcos se vio apretada en una angostura, donde no se podía» valer los unos a los otros, ellos mismos se herían con sus espolones de cobre, y quebraban andanas enteras de remos. Las naves helenas, no sin buena dirección, acometieron entonces en redondo, y comenzaron a herir por todas partes; nuestros bajeles volvieron las quillas, y ya no se vela el mar, lleno todo él como estaba de navales despojos y de cuerpos ensangrentados. Las costas y los escollos se cubren de cadáveres. Cada barco de cuantos habían pertenecido a la poderosa armada bárbara, vira de popa, y pónese en desordenada fuga, y los vencedores, como a redada de atunes o de otros cualesquiera peces, con pedazos de remos y restos de tablas nos hieren y destrozan. El ancho mar se llena por todas partes de lamentos y gemidos, hasta que por fin asoma la noche su negra faz, y nos arranca de manos de los Helenos. Mas en cuanto a la multitud de males que vinieron sobre nosotros, si yo estuviera hablando diez días seguidos no podría referírtela todo. Pero ten por cierto que nunca jamás en solo un día murió muchedumbre tan numerosa.

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