BASILIUS in «Das Leben ein Traum»

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    Jornada I 

    Basilio, Astolfo y Estrella.   

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    BASILIO (EL REY):
    Sobrinos, dadme los brazos,
    y creed, pues que leales
    a mi precepto amoroso,
    venís con afectos tales,
    que a nadie deje quejoso,
    y los dos quedéis iguales.
    Y así, cuando me confieso
    rendido al prolijo peso,
    sólo os pido en la ocasión
    silencio, que admiración
    ha de pedirla el suceso.
    Ya sabéis (estadme atentos
    amados sobrinos míos,
    corte ilustre de Polonia,
    vasallos, deudos y amigos),
    ya sabéis que yo en el mundo
    por mi ciencia he merecido
    el sobrenombre de docto;
    pues, contra el tiempo y olvido,
    los pinceles de Timantes,
    los mármoles de Lisipo,
    en el ámbito del orbe
    me aclaman el gran Basilio.
    Ya sabéis que son las ciencias
    que más curso y más estimo,
    matemáticas sutiles,
    por quien al tiempo le quito,
    por quien a la fama rompo
    la jurisdicción y oficio
    de enseñar más cada día;
    pues cuando en mis tablas miro
    presentes las novedades
    de los venideros siglos,
    le gano al tiempo las gracias
    de contar lo que yo he dicho.
    Esos círculos de nieve,
    esos doseles de vidrio,
    que el sol ilumina a rayos,
    que parte la luna a giros,
    esos orbes de diamantes,
    esos globos cristalinos,
    que las estrellas adornan
    y que campean los signos,
    son el estudio mayor
    de mis años, son los libros
    donde en papel de diamante,
    en cuadernos de zafiros,
    escribe con líneas de oro,
    en caracteres distintos,
    el cielo nuestros sucesos,
    ya adversos o ya benignos.
    Éstos leo tan veloz,
    que con mi espíritu sigo
    sus rápidos movimientos
    por rumbos y por caminos.
    ¡Pluguiera al cielo, primero
    que mi ingenio hubiera sido
    de sus márgenes comento
    y de sus hojas registro,
    hubiera sido mi vida
    el primero desperdicio
    de sus iras, y que en ellas
    mi tragedia hubiera sido,
    porque de los infelices
    aun el mérito es cuchillo,
    que a quien le daña el saber,
    homicida es de sí mismo!
    Dígalo yo, aunque mejor
    lo dirán sucesos míos,
    para cuya admiración
    otra vez silencio os pido.
    En Clorilene, mi esposa,
    tuve un infelice hijo,
    en cuyo parto los cielos
    se agotaron de prodigios,
    antes que a la luz hermosa
    le diese el sepulcro vivo
    de un vientre, porque el nacer
    y el morir son parecidos.
    Su madre infinitas veces,
    entre ideas y delirios
    del sueño, vio que rompía
    sus entrañas atrevido
    un monstruo en forma de ho[m]bre,
    y entre su sangre teñido
    le daba muerte, naciendo
    víbora humana del siglo.
    Llegó de su parto el día,
    y los presagios cumplidos
    (porque tarde o nunca son
    mentirosos los impíos),
    nació en horóscopo tal,
    que el sol, en su sangre tinto,
    entraba sañudamente
    con la luna en desafío;
    y siendo valla la tierra,
    los dos faroles divinos
    a luz entera luchaban,
    ya que no a brazo partido.
    El mayor, el más horrendo
    eclipse que ha padecido
    el sol, después que con sangre
    lloró la muerte de Cristo,
    éste fue, porque, anegado
    el orbe entre incendios vivos,
    presumió que padecía
    el último parasismo.
    Los cielos se escurecieron,
    temblaron los edificios,
    llovieron piedras las nubes,
    corrieron sangre los ríos.
    En este mísero, en este
    mortal planeta o signo,
    nació Segismundo dando
    de su condición indicios,
    pues dio la muerte a su madre,
    con cuya fiereza dijo:
    "Ho[m]bre soy, pues que ya empiezo
    a pagar mal beneficios."
    Yo, acudiendo a mis estudios,
    en ellos y en todo miro
    que Segismundo sería
    el hombre más atrevido,
    el príncipe más crüel
    y el monarca más impío,
    por quien su reino vendría
    a ser parcial y diviso,
    escuela de las traiciones
    y academia de los vicios;
    y él, de su furor llevado,
    entre asombros y delitos,
    había de poner en mí
    las plantas, y yo rendido
    a sus pies me había de ver
    (¡con qué congoja lo digo!),
    siendo alfombra de sus plantas
    las canas del rostro mío.
    ¿Quién no da crédito al daño,
    y más al daño que ha visto
    en su estudio, donde hace
    el amor propio su oficio?
    Pues dando crédito yo
    a los hados, que adivinos
    me pronosticaban daños
    en fatales vaticinios,
    determiné de encerrar
    la fiera que había nacido,
    por ver si el sabio tenía
    en las estrellas dominio.
    Publicóse que el Infante
    nació muerto; y, prevenido,
    hice labrar una torre
    entre las peñas y riscos
    desos montes, donde apenas
    la luz ha hallado camino,
    por defenderle la entrada
    sus rústicos obeliscos.
    Las graves penas y leyes,
    que con públicos editos
    declararon que ninguno
    entrase a un vedado sitio
    del monte, se ocasionaron
    de las causas que os he dicho.
    Allí Segismundo vive
    mísero, pobre y cautivo,
    adonde sólo Clotaldo
    le ha hablado, tratado y visto.
    Éste le ha enseñado ciencias;
    éste en la ley le ha instrüido
    católica, siendo solo
    de sus miserias testigo.
    Aquí hay tres cosas: la una
    que yo, Polonia, os estimo
    tanto que os quiero librar
    de la opresión y servicio
    de un rey tirano, porque
    no fuera señor benigno
    el que a su patria y su imperio
    pusiera en tanto peligro.
    La otra es considerar
    que si a mi sangre le quito
    el derecho que le dieron
    humano fuero y divino,
    no es cristiana caridad;
    pues ninguna ley ha dicho
    que por reservar yo a otro
    de tirano y de atrevido,
    pueda yo serlo, supuesto
    que si es tirano mi hijo,
    porque él delitos no haga,
    vengo yo a hacer los delitos.
    Es la última y tercera
    el ver cuánto yerro ha sido
    dar crédito fácilmente
    a los sucesos previstos;
    pues aunque su inclinación
    le dicte sus precipicios,
    quizá no le vencerán,
    porque el hado más esquivo,
    la inclinación más violenta,
    el planeta más impío,
    sólo el albedrío inclinan,
    no fuerzan el albedrío. Y así,
    entre una y otra causa
    vacilante y discursivo,
    previne un remedio tal
    que os suspenda los sentidos.
    Yo he de ponerle mañana
    sin que él sepa que es mi hijo
    y rey vuestro, a Segismundo
    (que aqueste su nombre ha sido)
    en mi dosel, en mi silla,
    y, en fin, en el lugar mío,
    donde os gobierne y os mande,
    y donde todos rendidos
    la obediencia le juréis;
    pues con aquesto consigo
    tres cosas, con que respondo
    a las otras tres que he dicho.
    Es la primera, que siendo
    prudente, cuerdo y benigno,
    desmintiendo en todo al hado
    que dél tantas cosas dijo,
    gozaréis el natural
    príncipe vuestro, que ha sido
    cortesano de unos montes,
    y de sus fieras vecino.
    Es la segunda, que si él,
    soberbio, osado, atrevido
    y crüel, con rienda suelta
    corre el campo de sus vicios,
    habré yo piadoso entonces
    con mi obligación cumplido;
    y luego en desposeerle
    haré como rey invicto,
    siendo el volverle a la cárcel
    no crueldad, sino castigo.
    Es la tercera, que siendo
    el príncipe como os digo,
    por lo que os amo, vasallos,
    os daré reyes más dignos
    de la corona y el cetro,
    pues serán mis dos sobrinos;
    juntando en uno el derecho
    de los dos, y convenidos
    con la fe del matrimonio
    tendrán lo que han merecido.
    Esto como rey os mando,
    esto como padre os pido,
    esto como sabio os ruego,
    esto como anciano os digo;
    y si el Séneca español
    que era humilde esclavo, dijo,
    de su república un rey,
    como esclavo os lo suplico.

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